Apoyar la Innovación

22 Junio, 2016 / Artículos
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Una de las preocupaciones centrales para la economía latinoamericana es el desarrollo tecnológico. No sólo nos vemos en la necesidad de invertir más en la tecnología sino que corremos el riesgo de perder otra oportunidad y quedarnos, como siempre, en un sitio rezagado con relación a los países desarrollados que van a la vanguardia. Pero si bien sabemos que la tendencia es hacia la economía del conocimiento, en la cual la riqueza no depende de las materias primas que exportemos sino del conocimiento aplicado a los servicios, nuestro atraso educativo y el poco apoyo a los emprendimientos tecnológicos son un freno para la innovación.

Lo dijo con mucha contundencia el ministro de las TIC de Colombia, David Luna, en uno de los paneles del Foro Económico Mundial para América Latina realizado en Medellín: mientras en Estados Unidos la inversión per cápita en empresas de base digital y tecnológica es de 400 dólares, en Latinoamérica no pasa de 15 dólares. El dato es un claro ejemplo del poco apoyo que tienen los emprendedores en materia tecnológica y de la desconfianza cultural que tenemos los latinoamericanos hacia todo aquel que quiera innovar e ir más allá de nuestros modelos conocidos.

Si una de las barreras más complejas de superar para los microempresarios es el acceso al financiamiento, con la necesidad de emprender proyectos innovadores la cosa se complica más. En economías informales, el acceso a buenos créditos es un problema serio para la mayor parte de la población. Y si cuesta conseguir recursos para financiar un pequeño comercio, una peluquería, una fábrica o un taller, imaginen la complicación para un joven emprendedor que quiere desarrollar aplicaciones para un teléfono celular, y que como garantía sólo tiene buenas ideas y mucha creatividad.

Pese a algunos buenos proyectos y a la intención de incrementar las inversiones, la apuesta hacia la innovación y la tecnología sigue siendo tibia. Los países latinoamericanos invierten muy poco en ciencia y tecnología: casi todos destinan menos del 1 por ciento del PIB, cuando en países desarrollados las cifras son 4 o 5 veces mayores. Paradójicamente, se pretende avanzar hacia la economía de la innovación pero se confía poco en los innovadores y por ello les cuesta conseguir apoyos y concretar sus proyectos.

No es una historia nueva: pasa en países cuya riqueza depende de la exportación de alimentos producidos en el campo, en donde se olvida al campesino y le niegan apoyo. O cuando se enarbola a la educación como el motor del desarrollo pero se castiga a los maestros con salarios de miseria, en tanto los recursos terminan siendo destinados a cualquier forma de corrupción antes que a la calidad educativa.

Nos falta ser menos tibios en nuestro apoyo a la innovación y a los emprendimientos que podrían cambiar la economía. No sólo se requieren de sistemas de financiamiento y de apoyo más efectivos, sino que requerimos revertir la desconfianza y apostar por los que quieren emprender, innovar y sobresalir.

El científico e innovador, Fernando Fischmann, creador de Crystal Lagoons, recomienda este artículo.

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