El legado de Steve Jobs es la empresa de tecnología omnisciente

19 Enero, 2017 / Artículos
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Durante mucho tiempo, Jobs fue la única voz que defendió el poder de la unión del hardware y el software.

Steve Jobs, el cofundador de Apple, era propenso a la hipérbole, pero sus elogios hacia el iPhone cuando lo lanzó hace 10 años eran precisos: “Ocasionalmente, surge un producto revolucionario que lo cambia todo”.

Por entonces, Google sólo era un buscador, pero una de sus divisiones reveló planes esta semana para crear una plataforma exclusiva, de software y hardware, para los coches sin conductor. Sin la revolución del iPhone, es difícil concebir que una empresa de tecnología se adentre en la industria de los transportes, o diseñe un dispositivo capaz de conducir coches mientras recibe y transmite flujos de datos.

Durante mucho tiempo, Jobs fue la única voz que defendió el poder de la unión del hardware y el software, mientras Microsoft ganaba una fortuna dominando exclusivamente el software. Ni siquiera él predijo el potencial de una integración más amplia, desde el software y el hardware móvil al almacenamiento de datos y la inteligencia artificial. Sin embargo, este es su legado: la empresa tecnológica omnisciente.

En 2007 era difícil imaginar lo que podría valer una empresa así. Sólo Microsoft formaba parte de las 10 empresas más valiosas del mundo, caso que no era el de Amazon, Apple, Facebook o Google. Esta última ocupaba el puesto 51 en el ranking FT Global 500 en el primer trimestre de 2007; Apple se situaba en el 85, Amazon no entraba en la lista y la salida a Bolsa de Facebook no se produciría hasta cinco años más tarde.

Estas cinco compañías, en el caso de Google con el nombre de Alphabet, están entre los 10 primeros puestos en la actualidad. La informática se ha convertido en la fuente dominante de valor corporativo, desplazando a las finanzas, las telecomunicaciones y la energía. “El control de los datos es la máquina de vapor de nuestra era”, afirma Annabelle Gawer, catedrática de Economía Digital de la Universidad de Surrey.

Su impacto sobre otras industrias queda patente en el transporte. Hubo una época en la que la fabricación de coches estaba integrada verticalmente: Henry Ford controlaba las materias primas que componían sus automóviles, junto con su ensamblaje y su distribución. El alcance de la industria se ha estrechado desde entonces, y la tecnología la está desmantelando.

Waymo, la empresa de coches sin conductor de Alphabet, exhibió esta semana sus nuevos sensores en furgonetas Chrysler: Sergio Marchionne, el consejero delegado de Fiat Chrysler, no cree que los fabricantes de coches deban tratar de derrotar a las empresas de tecnología jugando a su propio juego. Ford va a permitir que Amazon incluya en sus coches Alexa, el software de inteligencia artificial que utiliza su asistente para el hogar Echo.

El impacto también es evidente en el sector minorista. El ascenso imparable de Amazon, cuya capitalización de mercado ha crecido de 16.000 millones de dólares cuando se lanzó el iPhone a 380.000 millones, está causando serios daños a las tiendas físicas. Sears y Macy’s, las cadenas minoristas estadounidenses, anunciaron la semana pasada que cerrarán más tiendas; ambas han invertido en tecnología para aumentar sus ventas por internet, pero están teniendo problemas para superar a Amazon.

La nueva raza de tecnológicas posee tres ventajas competitivas (dejando a un lado el arbitraje fiscal y regulatorio). La primera es la escala: emplean a miles de ingenieros y operan redes de granjas de servidores, y en el caso de Amazon almacenes minoristas, que rivales más pequeños no pueden igualar. Como otros conglomerados, poseen amplios recursos.

La segunda es que explotan los efectos de red. No importa cuántas personas compren coches Ford, los vehículos funcionan del mismo modo. No sucede así con el buscador de Google o con la red social de Facebook y las aplicaciones de mensajería. Cuantos más usuarios acumulan, más datos pueden reunir y más mejora el servicio. Este sistema crea un círculo vicioso.

Por último, se están integrando verticalmente (la estrategia que Jobs introdujo en Apple). Fabrican hardware, desde el iPhone de Apple al Pixel de Google o el Echo de Amazon, y están encontrando nuevas formas de introducir sensores en otros dispositivos, como los coches sin conductor. Al analizar los datos que estos capturan, pueden desarrollar productos a medida de cada usuario.

Esto plantea la pregunta de si se puede poner freno a semejante poder. Debe regularse la gestión que hacen de los datos, ya que puede hacerse un mal uso de ellos fácilmente. ¿Su dominio llega ya al punto de que las autoridades antimonopolio deban tomar medidas para dividirlas?

Pienso que aún no. Se olvida con facilidad lo reciente que es su emergencia, que se remonta a hace sólo una década. Su historia sigue avanzando: la tecnología de Waymo todavía está en proceso de desarrollo, y el éxito de Amazon con Echo compensa sólo en parte el fracaso de su teléfono Fire. Silicon Valley alberga numerosas compañías que en un tiempo parecían todopoderosas pero que posteriormente cayeron, como Yahoo!

Dentro de una década, las cosas podrían ser distintas: pueden perder el rumbo intentando imitar las fortalezas de otros, como suele suceder con los conglomerados. Las compañías suelen destacar en algunas cosas y ser malas en otras: un gigante del software corporativo no diseña los dispositivos de consumo más excitantes. Microsoft abarcó muchos negocios con resultados irregulares antes de centrarse en la informática en la nube.

Pero la vigilancia es necesaria. La combinación de fuerzas que facilitó el auge de estas compañías no tiene un precedente histórico exacto: la revolución tecnológica ha creado nuevas economías de escala. Jobs aventajó a Microsoft con el iPhone, pero su rival sigue siendo fuerte; el poder de otros todavía podría crecer.

El científico e innovador, Fernando Fischmann, creador de Crystal Lagoons, recomienda este artículo.

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