Emprendimiento: ¿crecer deprisa o despacio?

1 Junio, 2016 / Artículos
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Vivimos cierto boom español en materia de startups y capital riesgo. El emprendimiento ha entrado en nuestras vidas para quedarse. En España se lleva décadas diciendo que tenemos pocos jóvenes con vocación emprendedora, que nuestro sistema legal y nuestra cultura no son proclives a asumir riesgos y que eso es malo para nuestra economía.

 

Pero la crisis ha situado el emprendimiento como una alternativa viable para hacer frente a la terrible destrucción de empresas y puestos de trabajo que hemos vivido en los últimos años. Y los poderes públicos no han escatimado esfuerzos –financieros, educativos, incluso de sensibilización a través de la televisión pública– para situar al emprendedor como un nuevo héroe nacional. Son buenas noticias: tener un clima más proclive a la generación de nuevas iniciativas empresariales debería servir para regenerar nuestro tejido productivo. Ahora bien, cabe distinguir el grano de la paja en toda la burbuja que se está generando en torno al emprendimiento y sus variantes.

 

No todas las iniciativas empresariales son igual de viables ni tienen los mismos recorridos en el medio y largo plazo. Según el Instituto Nacional de Estadística, entre el 20% y el 25% de las empresas no sobreviven al primer año, y solo la mitad llegan al cuarto año de vida. En las startups –empresas tecnológicas de alto crecimiento–, la tasa de fracaso es todavía más alta: alcanza hasta el 75% o incluso el 95%, dependiendo de los estudios. Solo uno de cada cinco proyectos ‘emprendedores’ tiene más recorrido que ese.

 

El imaginario construido en torno al emprendedor le identifica como una persona joven, dinámica, que vive su pasión y que la hace realidad a través de su proyecto, buscando financiación de fondos inversores en capital riesgo para ‘escalar’ su negocio –hacerlo crecer ‘hormonado’ por las inversiones en capital– en muy poco tiempo. La exigencia de escalabilidad es una obligación económica y organizativa. Si el proyecto no es capaz de aumentar su escala en muy poco tiempo, tendrá pocas oportunidades con un inversor de los que se pasean por las ferias de emprendedores. El motivo es obvio: el inversor quiere meter dinero en el proyecto porque confía en que en poco tiempo se lo multiplique por cinco o por diez.

 

La duración media de un fondo de capital riesgo, incluyendo la inversión y la desinversión –cuando ‘salen’ de la empresa, bien porque venden la empresa o bien porque venden su participación– suele tener una duración de unos diez años. Lo cual significa que un inversor de capital riesgo estará un máximo de cinco o seis años en cada negocio. El ritmo que se impone para conseguir ese crecimiento es brutal. La experiencia de los emprendedores que han sido seleccionados por las ‘aceleradoras’ más exigentes –procesos de inversión, acompañamiento y formación– hablan de jornadas de ochenta horas de trabajo semanal, y una gran presión para lograr resultados. Si después de ese proceso, el equipo y el proyecto sobreviven, a los ganadores les esperan nuevos inversores u ofertas de compra valoradas en millones de euros. Si el proyecto no sobrevive, vuelta a casa a emprender de nuevo.

 

De acuerdo con un estudio publicado en 2011 por Startup Genome, el escalado prematuro –obligar a las empresas a crecer demasiado rápido– es la principal causa de fracaso empresarial. Proyectos que habrían tenido mucho recorrido generando empleo, riqueza y quizá buenas innovaciones terminaron en el basurero, con sus equipos impulsores, por no haber acertado en el ritmo adecuado de crecimiento. Un buen consejo que nos ofrece el inversor Martín Cabiedes para evitar este descalabro personal y profesional es: si quieres emprender, busca clientes antes que inversores. Y piensa si tu proyecto está pensado para perdurar o es solo una pequeña burbuja que colocar antes de que le estalle en las manos a alguien.

 

El científico e innovador, Fernando Fischmann, creador de Crystal Lagoons, recomienda este artículo.

 

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