Friedlieb Ferdinand Runge, el frustrado descubridor de la cafeína

8 Febrero, 2019 / Artículos

Friedlieb Ferdinand Runge fue uno de los pocos farmacéuticos que, en el siglo XIX, tenían un doble doctorado. Su tesón por estudiar, unido a una buena porción de suerte en algunos de sus descubrimientos, lo encumbraron a un lugar destacado en la historia de la farmacia y de la química con hallazgos como el alcaloide cafeína, la anilina, el fenol, la quinina, el pirrol, la atropina, los tintes de alquitrán y la cromatografía.

A pesar de la gran cantidad de descubrimientos que hizo, destaca el de la cafeína, por su trascendencia y por la forma casual en que se produjo. Este puede que sea también el más universal, al haber dotado de explicación científica a la costumbre de tomar café para activarse por la mañana. Y en la actualidad, quien dice café dice también un refresco de cola con el mismo ingrediente.

De origen humilde, Runge, con una fe de hierro en sí mismo, quiso estudiar a toda costa. Pronto se decantó por la farmacia y de ahí pasó a la química. De un descuido en sus experimentos surgió el descubrimiento de cómo dilatar la pupila con una gota de belladona y de un encuentro fortuito con Goethe el reto de analizar unos granos de café y descubrir la cafeína. A pesar de esta carrera llena de éxitos científicos, sobrevivió como pudo durante los últimos años de su vida con la frustración de que nadie hizo nunca caso a sus propuestas para rentabilizar económicamente sus descubrimientos.

Runge nació tal día como hoy, 8 de febrero, de 1794. Fue el tercer hijo de un pastor luterano de Billwerder, cerca de Hamburgo. Tras asistir a la escuela primaria en Schiffbeck, el pequeño Runge eligió la profesión de farmacéutico, lo que le permitió ganar su propio dinero muy pronto. Con apenas 20 años realizó el descubrimiento del efecto midriático que producía la belladona.

En octubre de 1816 Runge se matriculó en Medicina en la Universidad de Berlín. Dos años después continuó sus estudios en Gotinga, donde completó unas prácticas en química. Se trasladó a Jena y un año después, en 1819, obtuvo su doctorado en Física con un trabajo botánico sobra la intoxicación con belladona y beleño.

Su profesor de Química, Döbereiner, invitó a Goethe a ver cómo Runge podía cambiar los ojos de los gatos con el extracto de la belladona. El aún demasiado joven Runge apareció nervioso, con un esmoquin prestado y un gato en brazos. Goethe se sorprendió al notar la diferencia en las pupilas del gato e, impresionado, le dio una caja de granos de café y le pidió que los analizara químicamente. En 1820 descubrió así la cafeína.

Regresó a Berlín en 1819 para convertirse en profesor de Universidad. Allí vivió con el farmacéutico y más tarde profesor de Física Johann Christian Poggendorf, convirtiendo su casa de solteros en un laboratorio con todo tipo de experimentos. Runge se dedicó a estudiar para una tesis doctoral en la que trató el tinte índigo y sus compuestos con sales metálicas y óxidos metálicos.

También escribió su libro Recientes descubrimientos fitoquímicos para establecer la fitoquímica científica y empezó a impartir clases sobre química técnica y de plantas. En 1823 emprendió un viaje a París, entonces el gran centro de investigación química, para perfeccionar sus estudios, y al regresar se fue a Breslavia (actualmente polaca, entonces parte de Prusia), aunque allí estuvo poco, porque realizó un nuevo viaje por Alemania, Suiza, Francia, Inglaterra y Holanda.

En 1828, con 33 años, se convirtió en profesor asociado de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Breslavia, pero sin un salario fijo. Para dedicarse con más ahínco a la aplicación práctica de la química, dejó la Universidad en 1831. Un año más tarde asumió la gestión técnica de una fábrica de productos químicos en Oranienburg financiada por el Estado prusiano. Un año más tarde, en el verano de 1833, produjo por destilación de alquitrán de carbón el fenol y la anilina.

Runge era muy consciente del uso potencial de los tintes descubiertos a partir del alquitrán, pero el director comercial de la fábrica desoyó todas sus propuestas industriales. En estrecha relación con sus investigaciones sobre los tintes de alquitrán están sus experimentos para medir las intensidades de los colores mediante la realización de las llamadas reacciones puntuales en papel de filtro.

En 1850 el Estado compró la fábrica y dos años después Runge fue despedido al ser acusado de pasar poco tiempo en el trabajo; es cierto que escribió al menos siete libros en ese periodo. Con una mísera pensión, que pasado un tiempo se le dejó de abonar, empezó a vivir en malas condiciones y cayó en el olvido.

Sin embargo, su pasión por la investigación siempre fue más fuerte y siguió orientado a la química práctica, dedicándose a la producción de fertilizantes artificiales y a escribir libros, en particular sus famosas Cartas de mantenimiento, en las que daba consejos sobre cómo eliminar el olor a arenque de los cubiertos, cómo eliminar manchas de óxido de la ropa, cómo marinar de forma rápida la carne o hacer vino de frutas. Recetas que se hicieron muy populares en aquella época y que han llegado hasta nuestros días. Pero también los agricultores recibieron asesoramiento sobre la desinfección de los puestos de las vacas con polvo blanqueador (cloruro de cal) y los farmacéuticos supieron, gracias a él, cómo detectar azúcar en la orina.

Los campos de trabajo de Runge siempre fueron la química de las plantas y el tinte de alquitrán, aunque también destacó en química inorgánica. En 1862, 28 años después del descubrimiento de los tintes de alquitrán de hulla, fue homenajeado en el Congreso Industrial de Londres, y finalmente también recibió un reconocimiento en Berlín.

Runge, que nunca se casó, falleció en su residencia de Oranienburg el 25 de marzo de 1867, a los 72 años, y fue enterrado en el cementerio municipal. Su gran labor científica contrasta con la escasa repercusión que tuvieron en vida sus descubrimientos, aunque su legado lo haya situado entre los químicos más destacados de la historia moderna.

El científico e innovador, Fernando Fischmann, creador de Crystal Lagoons, recomienda este artículo.

El País

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