La avalancha de información ahoga la capacidad de atención colectiva

16 Abril, 2019 / Artículos

Uno de los creadores de Twitter, Ev Williams, está convencido de que el actual ritmo de consumo de información está “atontando a todo el mundo”. Los medios que ofrecen titulares minuto a minuto, alertas de última hora con una sandez que ha tuiteado un político, la oferta inabarcable de contenidos que solo sirven para explotar nuestras debilidades, notificaciones insaciables demandando nuestra atención… un ecosistema informativo que se acelera, nos atosiga y no nos deja pensar. Ahora, un análisis de las pautas de consumo de información y contenidos culturales confirma la intuición de Williams: estamos perdiendo capacidad de atención como sociedad. Cada vez tenemos menos tiempo para reflexionar sobre el último libro, la última película, la última noticia, y lo devoramos con avidez para pasar al siguiente plato del menú sin hacer la digestión.

Muchos sociólogos y pensadores han teorizado sobre está aceleración de la conversación pública, que provoca que el debate sea cada vez más fragmentado y superficial. Un libro tarda menos en convertirse en un éxito y cae en el olvido mucho más rápido que hace años. Una película llega antes a cifras récord en taquilla, pero dura menos en cartelera que hace un par de décadas. Una etiqueta de éxito en Twitter se evapora mucho antes que hace un lustro. Un equipo de científicos europeos ha observado todos estos fenómenos: los ciclos colectivos de consumo de contenidos informativos y culturales se están reduciendo y precipitando por una pendiente que reduce la atención colectiva.

Estos investigadores, del Instituto Max Planck y de las universidades técnicas de Berlín y Dinamarca, han desarrollado un modelo matemático para analizar estos patrones de consumo y la mayor sorpresa es que funciona en todos estos campos tan distintos. La aceleración se produce al mismo ritmo en las tendencias de Google, las de Twitter, los comentarios en foros de internet, pero también en el consumo de determinadas expresiones y temáticas en los libros del último siglo o la venta de entradas de cine de las últimas cuatro décadas. “El tiempo requerido para alcanzar la popularidad máxima disminuye y el descenso ocurre simétricamente más rápido, acortando el período de popularidad de cada tema”, concluyen.

Siempre es un poco difícil encontrar ejemplos únicos que sean comparables, señalan los autores, pero ponen a Titanic (1997) y Avatar (2009) como muestra. Titanic estuvo en lo más alto de la taquilla durante 15 semanas consecutivas, mientras que Avatar solo pudo quedarse allí durante siete semanas. Sin embargo, a Titanic le llevó 50 días alcanzar la marca de los 500 millones de dólares, mientras que Avatar lo logró en 32 días. Avatar llegó más rápido a lo más alto, pero también cayó mucho antes desde ese pico, acortando su vida útil en el imaginario social.

“Producir y consumir más contenido da como resultado un acortamiento de la capacidad de atención para temas individuales y ritmos de rotación más altos entre los elementos culturales populares. En otras palabras, la competencia siempre presente por la actualidad y la abundancia de información lleva a comprimir más temas en los mismos intervalos de tiempo como resultado de las limitaciones de la atención colectiva disponible”, apuntan los autores en su estudio, que publica Nature Communications. Ahogada bajo el tsunami de estímulos, la sociedad cada vez tiene menos neuronas disponibles para analizar lo que consume, recibe y conoce.

Este trabajo se ha centrado en la atención colectiva, pero los científicos están interesados en saber cómo funciona este mecanismo en lo individual. “En este momento, solo discutimos el fenómeno colectivo, pero una de las razones por las que estamos trabajando para mostrar la aceleración en el ámbito individual es que, si las cosas se están acelerando para los individuos, significa que, por ejemplo, tenemos que asimilar más noticias al día que nunca”, afirma Sune Lehmann, autor principal del trabajo. “Eso significa que puede ser más difícil discernir qué es realmente importante y también puede ser más difícil verificar los hechos e identificar artículos de noticias falsas o engañosas. También es probable que sea más fácil elegir solo las cosas con las que estás de acuerdo, aislándote de los puntos de vista opuestos”, añade Lehmann, profesor de la Universidad Técnida de Dinamarca.

Lehmann está de acuerdo en que las plataformas diseñadas para mantenernos más tiempo ante las pantallas viendo anuncios personalizados son “un problema importante que enfrenta nuestra sociedad actual”. Y añade: “Algunas de estas tecnologías también nos envían noticias cada vez más rápidamente y, en este sentido, conectan con el tema de la atención colectiva más efímera que medimos en el estudio”. Precisamente, otros estudios recientes señalan que el lenguaje de la política se ha simplificado de forma notable en las últimas décadas.

Silvia Majó Vázquez, experta en comunicación digital de la Universidad de Oxford, encuentra algunos problemas en la investigación de Lehmann que pueden estar inflando el impacto de sus conclusiones. “Aseguran que los hashtags de Twitter han acortado su trayectoria, pero eso puede haberlo provocado deliberadamente el propio algoritmo”, pone como ejemplo Majó. Los científicos estudiaron los datos de Twitter de 2013 a 2016, y al analizar los principales hashtags diarios (etiquetas temáticas agrupadas en una palabra) descubrieron que los picos se volvieron cada vez más pronunciados y frecuentes: en 2013, un hashtag se mantuvo entre los primeros 50 durante un promedio de 17,5 horas; una trayectoria que se redujo gradualmente hasta las 11,9 horas de 2016. “En este tipo de estudios hay que tener en cuenta que el big data obtenido de estas plataformas puede contener sesgos, porque surge de algoritmos que están pensados precisamente para inducir comportamientos”, advierte Majó, investigadora del Instituto Reuters de Oxford.

Majó observa otro problema en la “dirección de causalidad” de este fenómeno, es decir, es difícil saber si las personas que consumen productos culturales e informativos están reduciendo su interés o si son los productores los que recortan el tiempo de la oferta. No obstante, este trabajo tiene algunos paralelismos con un estudio de la propia Majó (firmado con Ana Sofía Cardenal y Carol Galais). Las investigadoras descubrieron que para aquellas personas que se informaban más en Facebook los principales problemas sociales no eran los mismos que los que señalan en resto de los españoles en el CIS: paro y corrupción.

Lehmann y sus colegas encontraron dos entornos en los que este fenómeno de aceleración de la atención no se produce: la Wikipedia y los estudios científicos. “Creo que una de las cosas que es diferente en esos sistemas es que su consumo está guiado por nosotros, cuando acudimos a ellos al necesitar información”, explica Lehmann. Y añade: “Si quiero conocer un dato, voy a la Wikipedia, o busco un artículo relevante. Esto significa que aumentar el ritmo de comunicación es probablemente menos importante”.

El científico e innovador, Fernando Fischmann, creador de Crystal Lagoons, recomienda este artículo.

El País

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