Los premios se convierten en clave para la innovación

23 Diciembre, 2016 / Artículos
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Edgar Sarmiento, de Bogotá, tenía un título flamante, una mente llena de ideas y ningún lugar donde ponerlas en práctica. El año pasado vio un concurso patrocinado por Local Motors, una empresa de Phoenix, Arizona, que ofrecía un premio de US$ 8 mil a quien pudiera crear un mejor sistema de transporte urbano.

Eso lo puso en movimiento.

En dos meses, Sarmiento había creado en la computadora de su casa el proyecto ganador: un autobús eléctrico, sin conductor, que circula a pedido. Local Motors ya ha construido dos prototipos con piezas impresas en 3D, y los está probando en Berlín y en National Harbor, Maryland. “Fue increíble”, dice Sarmiento, de 25 años.

En un momento en que el ritmo de la innovación parece estar disminuyendo, los patrocinadores de este tipo de premios esperan que los hackers y los creadores se sumen al esfuerzo de las instituciones tradicionales de investigación.

¿Mejorar el reconocimiento de voz del teléfono inteligente? Hay un premio de US$ 10 mil para ello. ¿Diseñar un dron de entrega a domicilio? Hay otro premio de US$ 50 mil. ¿Extender la vida humana? El capitalista de riesgo Joon Yun ofrece los Palo Alto Longevity Prizes, de US$ 1 millón. Diagnosticar la resistencia a los antibióticos vale US$ 20 millones y quien logre reutilizar de manera rentable las emisiones de carbono que contribuyen al calentamiento global puede reclamar premios por US$ 55 millones.

“Hay un premio para lo que se le ocurra”, dijo Karim Lakhani, del Crowd Innovation Laboratory de la Escuela de Negocios de Harvard, que ayudó a organizar 650 concursos en los últimos seis años.

Las compañías de crowdsourcing , o colaboración masiva, InnoCentive Inc., NineSigma y Kaggle han lanzado cientos de estos lucrativos concursos de investigación en nombre de empresas y gobiernos, con recompensas en efectivo de hasta US$ 1 millón para resolver problemas prácticos en química industrial, teledetección, genética de plantas y docenas de otras disciplinas. Unidas, estas tres compañías pueden acceder a la experiencia de dos millones de investigadores independientes.

Según McKinsey & Co., más de 30 mil premios se otorgan cada año por valor de US$ 2 mil millones, y el monto total de los 219 premios más importantes se ha triplicado en los últimos 10 años.

Incluso el Pentágono ofrece premios a través de su Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa (Darpa, por sus siglas en inglés) para fomentar el pensamiento no convencional para aplicaciones militares. Las agencias de inteligencia ofrecen premios para mejorar las técnicas de vigilancia.

Desde 2010, el gobierno de Estados Unidos ha otorgado US$ 220 millones en cientos de concursos similares. Si bien esto constituye apenas una fracción del dinero gastado en investigación y desarrollo en todo el mundo (US$ 477 mil millones al año, sólo en EE.UU.), estos concursos aprovechan la ola de ingeniería experimental que recorre las aulas y laboratorios de todo el mundo, desde Australia hasta Afganistán. Los avances en fabricación digital, de impresoras 3-D, cortadores láser y kits de edición de genes a circuitos informáticos baratos como Arduino y Raspberry Pi, facilitan la participación en estas competencias de aficionados.

“Tenemos acceso a todas las herramientas necesarias para hacer casi cualquier cosa”, dijo Katie Rast, directora de Fab Lab San Diego, un próspero centro de diseño y fabricación digital sin fines de lucro que integra una red de más de mil laboratorios en 78 países, organizados por el Centro de Bits y Átomos del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

El impacto que la competencia puede tener incluso para mejoras menores puede ser sorprendente. Considere, por ejemplo, el premio a las bolas de billar que estableció en 1863 un proveedor de equipamiento para este popular juego. Consistía en US$ 10 mil para quien descubriera un sustituto del marfil, utilizado entonces para hacer las bolas de billar.

El ganador del concurso fue John W. Hyatt, un inventor que desarrolló un nuevo material llamado celuloide. Su descubrimiento contribuyó a impulsar la naciente industria del plástico.

No todos funcionan

En 2004, Bigelow Aerospace, una firma de Nevada, ofreció un premio de US$ 50 millones a quien desarrollara el diseño que permitiera poner cinco personas en órbita dos veces en 60 días. El premio se mantuvo vacante hasta su expiración en 2010.

Por sí misma, una idea premiada no es suficiente para que una innovación se imponga en el mercado. En 2006, Netflix ofreció US$ 1 millón a quien pudiera mejorar en un 10% su algoritmo de recomendación de películas. En 2009, la empresa otorgó el dinero a la fórmula ganadora pero nunca la utilizó. Mientras tanto, Netflix había pasado de enviar DVD a ofrecer películas por streaming , lo cual cambió fundamentalmente el tipo de estadísticas disponibles para el análisis.

“Estos premios tienen todo este potencial atractivo, pero hay mucho más que es necesario para que tengan un impacto en los negocios”, dice Henry Chesbrough, director del Centro Garwood de Innovación Empresarial de la Escuela de Negocios de la U. de California en Berkeley.

En 2012, General Electric lanzó un concurso de US$ 500 mil a través de Kaggle, una plataforma de innovación en línea que permite acceder a la experiencia de unos 600 mil científicos independientes. La compañía buscaba una fórmula más efectiva para mejorar la puntualidad de los vuelos.

En apenas tres meses, 223 postulantes ingresaron más de 3.800 posibles soluciones. El algoritmo ganador, desarrollado por un científico de datos en Barcelona sin experiencia en aviación, superó el estándar de la industria en un 389%.

Cuando GE quiso probar la tecnología de impresión tridimensional, lanzó una competencia global para rediseñar un soporte de motor de inyección de titanio a través de GrabCAD, una comunidad en línea de más de un millón de ingenieros y diseñadores. La competencia atrajo a 300 participantes de 56 países, dijo Dyan Funkhousen, director de innovación abierta y fabricación avanzada de GE, que “generaron cerca de 700 diseños de nuevos productos”.

El primer premio, de US$ 7 mil, fue para Arie Kurniawan, un joven ingeniero de Indonesia. Antes de ganar el concurso, Kurniawan vendía piezas electrónicas importadas de China y bolígrafos de aluminio a EE.UU.

Sin embargo, ni el suyo ni ninguno de los otros diseños terminaron siendo adoptados por GE.

Defensa en EE.UU.

Incluso el Pentágono ofrece premios para fomentar el pensamiento no convencional para aplicaciones militares.

El científico e innovador, Fernando Fischmann, creador de Crystal Lagoons, recomienda este artículo.

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