¿Podríamos vivir sin crecimiento económico para salvar el planeta?

21 Abril, 2016 / Artículos
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Es difícil imaginarlo ahora, pero durante miles de años, la humanidad se las arregló con muy poco crecimiento económico. En Bizancio y Egipto, el ingreso per cápita al final del primer milenio era más bajo que en los comienzos de la era cristiana. Gran parte de Europa no experimentó crecimiento en los 500 años que precedieron a la revolución industrial. En India, el ingreso real por persona se redujo continuamente desde principios del siglo XVII hasta finales del XIX.

Ahora que los líderes del mundo están reunidos en la cumbre sobre el cambio climático en París para establecer un acuerdo que pueda reducir las emisiones de gases con efecto invernadero, hay un tema que probablemente no se vaya a discutir pero, no obstante, está flotando: ¿Podría la civilización de hoy en día sobrevivir una experiencia económica similiar a la de nuestros antepasados?

Sencillamente, la respuesta es no.

El crecimiento económico despegó apenas hace unos 200 años con el impulso de la innovación y muchísima energía extraída del carbono, la mayoría derivada de combustibles fósiles como el petróleo. Al contemplar los trastornos climáticos que se aproximan en el horizonte, los defensores del medio ambiente, los científicos e incluso algunos políticos han puesto sobre la mesa que el consumo debe parar de crecer.

“Es un ingrediente sutil y en gran medida no reconocido de los programas ambientales y climáticos de algunas personas”, afirma Michael Greenstone, que dirige el Instituto de Política Energética en la Universidad de Chicago.

A veces no es tan sutil. Desde hace muchos años, Paul Ehrlich, un ecologista de Stanford, ha estado defendiendo la idea de que debemos frenar el crecimiento, tanto de la población como del consumo. Cuando hablé con él por teléfono hace unos meses, Ehrlich citó al economista Kenneth Boulding: “Quien piense que el crecimiento exponencial puede mantenerse para siempre en un mundo finito o está loco o es economista.”

La propuesta de frenar el crecimiento aparece frecuentemente en la izquierda del movimiento ambientalista, en publicaciones como Dissent y en escritos del activista Bill McKibben.

Por ejemplo, Peter Victor de la Universidad de York en Canadá, publicó un estudio titulado “Crecimiento, decrecimiento y cambio climático: Análisis de posibilidades”, en el que compara las emisiones de carbono de Canadá en tres trayectorias económicas hasta 2035.

Según sus hallazgos, llevar el crecimiento a cero tiene un efecto modesto en el carbono emitido. Solo la condición de decrecimiento (un ingreso per cápita canadiense a nivel de 1976 y el promedio de horas trabajadas por los empleados reducido en 75 por ciento) logra cortar las emisiones de manera importante.

La idea también está empezando a llegar a la diplomacia internacional, por ejemplo, con la exigencia de un “espacio de carbono” que India le ha lanzado al mundo rico y que exigiría que las naciones avanzadas registraran emisiones negativas (extraer más carbón de la atmósfera del que emiten) para que los países pobres pudieran avanzar hacia el desarrollo quemando carbono como hicieron los países ricos en los últimos dos siglos.

Mientras trabajaba en la Comisión de Desarrollo Sostenible establecida en 2001 para asesorar al gobierno laborista de Gran Bretaña, Tim Jackson, de la Universidad de Surrey, produjo un interesante cálculo: aceptemos que los ciudadanos de los países en desarrollo tienen derecho a emparejarse con el nivel de vida de los europeos hacia mediados del siglo y asumamos que Europa va a crecer, en promedio, 2 por ciento anual de aquí a entonces.

Mantener el aumento de temperatura por debajo de los dos grados centígrados, promedio que los científicos consideran el límite máximo para evitar el catastrófico cambio climático, requiere que en 2050 la economía mundial emita no más de seis gramos de bióxido de carbono por cada dólar de producción económica. Para poner esa cifra en perspectiva, la economía de Estados Unidos actualmente emite 60 veces esa cantidad. La economía francesa, una de las más eficientes en cuanto a consumo de carbono porque está ampliamente impulsada por energía nuclear, emite 150 gramos por dólar de producción.

El profesor Jackson publicó en 2009 un libro titulado “Prosperidad sin crecimiento” (Earthscan/Routledge), en el que expone lo que él considera la conclusión inevitable.

Aunque su argumento puede tener méritos éticos, la propuesta de crecimiento cero no tiene la menor oportunidad de éxito. La civilización moderna no podría sobrevivir sin éste. Los trueques, la materia prima de las economías de mercado, simplemente no podrían funcionar en un mundo de suma cero.

“Tener cero crecimiento dentro de un determinado país estaría condenado al fracaso, pues podría generar conflictos entre grupos”, me dijo el profesor Greenstone. “Si fuéramos a llevar esto a una dimensión internacional, sería una exageración incluso mayor.”

¿Y que provecho hemos sacado del crecimiento basado en los combustibles fósiles? Un mejor nivel de vida, incluso en las regiones más pobres del mundo.

Pero eso es solo el principio. El desarrollo económico fue indispensable para acabar con la esclavitud. Fue una condición decisiva para los derechos de las mujeres.

En efecto, la democracia como estructura política no habría podido sobrevivir sin crecimiento. Como ha señalado Martin Wolf, comentarista de The Financial Times, la opción de que todos estuvieran mejor (en la que las ganancias de una persona no significaran las pérdidas de las otras) fue decisiva para el desarrollo y la difusión de la política por consenso que sostiene al gobierno democrático.

El crecimiento cero nos dio a Genghis Khan y la Edad Media, la era de conquistas y de sometimiento. Impulsó un orden en el que la unica forma de avanzar era saquear al vecino. El crecimiento económico abrió una alternativa mucho mejor: el comercio.

Max Roser, un economista de Oxford, tiene algunas reveladoras gráficas sobre la mortalidad causada por las guerras a través del tiempo. La mitad de las muertes en las culturas de cazadores y recolectores, de horticulturistas y otras culturas antiguas eran causadas por conflictos.

Ni siquiera les compite el sangriento siglo XX, escenario de dos guerras mundiales, del Holocausto y de otros genocidios derivados de la guerra.

Naomi Klein, abanderada de la izquierda recién convertida a la causa ambientalista, alegremente propone que el cambio climático es una oportunidad de ponerle fin al capitalismo. Aun si fuera cierto, yo dudo que eso produjera la utopía de trabajadores que ella parece ansiar. En una economía mundial que no crece, los vulnerables y sin poder son los que más tienen que perder. Imaginemos “Blade Runner”, “Mad Max” y “The Hunger Games” en la vida real, y al mismo tiempo.

La buena noticia es que tomar medidas contra el cambio climático no requiere llegar a esos extremos. No será fácil, pero podemos vislumbrar posibles caminos tecnológicos que permitan un futuro de crecimiento y de suma positiva para la economía mundial.

Más que preguntarnos cómo detener el crecimiento, la pregunta principal que plantea el cambio climático es cómo desarrollar y desplegar energías plenamente sostenibles. O, en pocas palabras, cómo ayudar a los pobres del mundo, y a todos los demás, a transitar hacia el progreso por un camino que no implique quemar carbono sin límite.

El científico e innovador, Fernando Fischmann, creador de Crystal Lagoons, recomienda este artículo.

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