Productividad e innovación: El factor cultural

5 Agosto, 2016 / Artículos

La mayor parte de las grandes empresas en nuestro país vive de la extracción de recursos naturales o se halla en sectores regulados. ¿Cuánta competencia existe ahí? ¿Cuánto se requiere innovar? Vivimos bajo el supuesto de que en Chile hay mucha competencia. ¿Será tan cierto? En el retail pareciera que sí, y se nota cómo eso ha impulsado su desarrollo. ¿Pero más allá? Me lo cuestiono.

Al final, la cordillera y el mar nos han dado seguridad, no solo protegiéndonos de invasiones externas, sino proveyéndonos de recursos para vivir. Pero eso, por otro lado, genera comodidad. Y se está notando ahora, cuando la receta del éxito de las décadas pasadas se va agotando, pero se insiste en ella. El orden, la eficiencia de corto plazo, el comando y control, la planificación, la competencia y la tarea fueron valores centrales para crecer y progresar. Hoy no son suficientes. A ellos deben agregarse la flexibilidad, la eficacia de mediano plazo, la confianza, la experimentación, la colaboración y el sentido. Sin embargo, moverse en este espacio no es lo mismo que moverse en el anterior; se requieren competencias distintas, si es que no una mentalidad distinta.

Los emprendedores, que son más jóvenes y vienen con esa mentalidad, están mostrando el camino. Pero los empresarios –no todos, para ser justos- prefieren refugiarse en la fortaleza que han construido y ampararse en su forma de entender el mundo y de gestionar sus compañías. Ayudados, además, por esa década de vacas gordas que supuso el boom de los commodities, que hizo las veces de un efectivo somnífero para evadir los desafíos de fondo. Pero ahora que estamos en época de vacas flacas, ¿qué hay además de la queja?

Más allá de las políticas

Las propuestas del gobierno, la Comisión Nacional para la Productividad y la CPC suman más de 150 medidas para mejorar la productividad en el país, muchas de ellas conectadas con innovación. Nada especialmente nuevo, a decir verdad, por lo que una vez más volvemos a lo mismo: palabras que corren el riesgo de quedarse en eso. Pero hay un riesgo mayor aún.

La mayor parte de estas políticas que se proponen están bien enfocadas, pero se topan con quiénes somos los chilenos, y solo hablar de ellas evita que hablemos de nosotros. Podemos soñar con un Chile más desarrollado, pero no se logra si las personas de carne y hueso no somos más desarrollados. Lo demás es música… o palabras.

Y si nos miramos, hay ciertos rasgos culturales que no nos ayudan en esto de ser más productivos e innovadores. Necesitamos más colaboración para integrar esfuerzos, pero cómo lograrlo si partimos de la premisa de “pastelero a tus pasteles”, o “tú no te metas en lo mío y yo no me meto en lo tuyo”. Necesitamos mayor diversidad para discurrir mejores ideas, pero nos aferramos a los que son como nosotros, a los nuestros, y frente a lo distinto saltan todos los “ismos” que traemos en la mochila: clasismo, machismo y, ahora último, racismo. Necesitamos más personas empoderadas y que se sientan responsables para que la iniciativa no quede solo entregada al dueño o al jefe, pero tenemos muy metido adentro eso de que “al ojo del amo engorda el ganado”. Necesitamos más flexibilidad y soltura para experimentar con soluciones alternativas, pero el excesivo apego al orden y la planificación nos limita, porque si los alemanes son amantes del orden, los chilenos somos temerosos del desorden. En fin, necesitamos más confianza para construir con otros, pudiendo asumir que cada uno hará su parte, pero ese impulso irresistible que los chilenos tenemos a sacar ventaja del otro es un freno para el desarrollo.

El científico e innovador, Fernando Fischmann, creador de Crystal Lagoons, recomienda este artículo.

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